lunes, 9 de mayo de 2016

Enamórate.

Enamórate de las miradas que se convierten en llave y abren tus barreras.
Déjate impresionar por esa persona que no te dio la mejor primera impresión, pero que ahora es la primera en levantarte tras cada caída.
Enamórate de cada sueño y de cada insomnio.
No te resistas a experiencias que vayan a cambiarte, porque lo más probable es que consigan arreglarte.
Enamórate de sentimientos. De los negativos. Enamórate de la rabia que se alberga en tu pecho, del odio que hace que te hierva la sangre, de la incertidumbre que hace que devores tus uñas, del dolor de la traición, de la inseguridad que no te deja dar un paso adelante sin mirar atrás.
Pero sobre todo de los positivos.
Enamórate de la esperanza que no te deja caer, de la fe que te ayuda a crecer, de la confianza que te abre puertas, de la empatía que te acerca a las personas, del amor que no duele y que llena, de la bondad que genera más bondad.
Enamórate de abrazos que salvan vidas, de besos que quitan al aliento, de miradas que significan mundos.
Enamórate de la vida. De la vida con sus contradicciones, con sus giros inesperados, con sus precipicios ocultos. Pero también de sus sorpresas, de las personas que cruza en tu camino y te sacan miles de sonrisas.
Enamórate una y mil veces. Enamórate cada día. Cada hora. Cada minuto.
De cada persona que conoces. De los recuerdos de las que conociste y también de la idea de las que conocerás en el futuro.

martes, 3 de mayo de 2016

Las ganas, joder.

Algunas veces me entran ganas de tener ganas. 
Me apetece estar y ser. Ser, estar y merecer. 
Merecer las oportunidades que no suelo aprovechar, merecer los logros que no siento míos, merecer las palabras con propósito claro, merecer la preocupación, merecer el apoyo y las apreciaciones. 
Juro que a veces me apetece creerme todo lo que me dicen, porque sienta bien no tener que analizarlo todo.
Otras veces solo me apetece un duelo a muerte contra mí misma. 
En ocasiones solo tengo ganas de pelear y perder, de salir con la cara marcada. 
A veces me apetece dejar de escucharme, dejar de verme, dejar de sentirme. Dejar de decir estupideces.
Dejar de defraudarme y de defraudar a todo el que pueda. Parar de hacer promesas sin fundamento ni futuro. 
Empezar a ser consciente de mí y de mi potencial. Ser consciente del daño que puedo hacer y del daño que puedo encajar. Ser plenamente consciente de todo lo que me rodea. 
Me encantaría aprender a sentir, a controlar mis emociones. O a no controlarlas. 
Desearía no tener que sentir solo cuando no cabe más en mí, cuando las emociones cotidianas se agrupan y organizan como un ejército con una misión clara: desgarrarme desde dentro y escapar de la trinchera. 
Juro que me destrozó los nervios tener que ver cómo fui incapaz de llorar la muerte de una de las personas más importantes de mi vida. Durante demasiado tiempo. 
Que a veces, lo único que pueda sentir sea ansiedad es complicado de digerir.
Otras veces me apetece menos nihilismo, menos apatía. Pero es inherente.
Lo que tanto me ha privado, también me ha salvado.
De noches en vela, de celos infundados.
Preocuparme menos por mí que por el resto, os juro que no siempre es malo. No siempre es de imbéciles.
Os juro que cualquier cosa que me impida centrarme en mis carencias va a ser mi prioridad. Que si no me paro a pensar en la herida, me va a empezar a doler. Y que si hablo de ella, se va a infectar. 
Porque la pureza es tan privada que en cuanto la compartes desaparece. O debería. 
La pureza se corrompe entre cervezas, o entre papelas. 
Y no tiene por qué ser malo. 
Eso también os lo juro. 
Y yo solo juro cuando escribo, porque es la única forma que tengo de decir la verdad.