Me dabas tempestades en pleno agosto e incendios sobre nieve.
Y eso está muy bien para escribir, pero no para mi salud mental.
Nunca sabía si tu próxima palabra iba a darme la vida, o si me la iba a quitar.
Si ibas a acariciarme el alma desde dentro o a descargar toda tu metralla sobre los escombros que habías hecho de mí.
Me tejí un traje acolchado que siempre llevaba conmigo, por si tu siguiente vendaval me tiraba al suelo desde el cielo al que tenía que subir para encontrarme contigo.
Nunca lloré silencios más crepitantes que los que me dejabas tras atravesarme el pecho con las palabras que afilabas con tu bonita boca elocuente.
Pero la tonta era yo, que cada vez que la abrías me acercaba a escuchar, a ver qué novedad traías para mí. Esperando que hurgaras un poquito en mis heridas, o que vinieras a hacerme unas nuevas.
Esperando que vinieras a hacerme sangre o a hacerme llorar. Pero a hacerme. A mí. A ver si así, por fin, conseguía sentir algo.
Y viniste. Y me hiciste.
Me hiciste la tirana de tus sentimientos, la guerra de tu Iraq, la dictadora de tu Corea.
Y tu cambio de guión me pilló desprevenida.
Y seguiste haciéndome.
Haciéndome culpable de tus crímenes. Haciéndome la juez implacable de todos mis comportamientos.
Me hiciste cárcel. Y me encerré en ella.
Y me hiciste odiarme, por volver a buscarte.
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