Ayer nos encontramos, después de no coincidir en 5 semanas.
Yo salía de un bar cutre de Tribunal y tú rodeabas con tu brazo la cintura de tu musa de esta semana.
No pudiste mirarme a los ojos, y eso que la mala era yo.
Irónico, ¿no?
Yo salía de un bar cutre de Tribunal y tú rodeabas con tu brazo la cintura de tu musa de esta semana.
No pudiste mirarme a los ojos, y eso que la mala era yo.
Irónico, ¿no?
Me acusaste de mil delitos, cada cual más cruel.
Decidiste que dejé de quererte. Que tú lo sabías. Que no te lo negara, que yo ya no te quería.
Y digo decidiste, porque no me dejaste argumentar nada al respecto.
Te convenciste de tu propia mentira, porque nunca has sabido ser culpable. Nunca has sabido ser responsable.
Buscaste y encontraste la forma de callar mi boca, posando la tuya en una nueva cada noche, y ni siquiera te molestaste en borrar las marcas de carmín de tus delgados labios antes de encontrarte conmigo.
Me clavabas cientos de cuchillos mal afilados, como mal elaboradas estaban todas las excusas que me ponías cuando te hablaba de ese brillo nuevo que tenías en los ojos. Esas excusas que para conseguir tragarme tenía que acompañar con litros de agua. Litros en los que estuve a punto de ahogarme cientos de veces. Pero es que, si de algo hay que morir, yo pido morir en tus mentiras, en tus besos a medias, en tus miradas de reojo.
En ti, aunque seas menos tú que nunca. Porque yo sin ti no soy yo, y si muero, no quiero hacerlo siendo otra.
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