Hay noches en las que tengo que apuntalarme el alma
Porque se desploma,
Y deja un vacío decepcionante.
Decepcionantemente pequeño, a veces;
Salir a la calle la mañana siguiente,
Con todos los andamios montados,
Es de valientes.
Atreverte a caminar bajo ellos todo un día entero deja muy poco espacio a la superstición.
Algo que subestimo y que vosotros tendéis a sobrestimar. La suerte.
La suerte no es tuya, ni mía, ni de aquél.
La suerte es suya. Como todos.
Yo soy mía. No soy de quien me llama todos los días para ver cómo estoy.
No soy del que se muere de celos cada noche que salgo de mi caparazón.
No soy del que me impide salir de su casa, aunque lo haga con besos y caricias.
No soy del lobo disfrazado de caballero gentil.
No soy de la fiera domada, del muchacho atormentado que no sabe muy bien cómo querer.
No soy del que amenaza a cualquier persona que se cruce en mi camino y que se interese por mi vida un poco más de lo normal. O un poco más que él mismo.
No soy del que entra en cólera si quiero a alguien que no sea él. Ni tampoco del que hace lo mismo si alguien más me quiere a mí.
Pero es que tampoco soy de quien me promete bajarme el cielo si se lo pido.
No soy de quien me pinta mil sonrisas al día, aun desde lejos.
No soy del bueno, ni del malo.
No soy de mis padres, ni de mi hermana. Tampoco soy de mis amigos, ni de las personas que han compartido un trocito de mi vida (y de mi cama).
No soy de quien es casa, ni de quien se construye conmigo.
Puedo ser con ellos y, sin duda, por y para ellos. Pero nunca de ellos.
Yo soy mía, soy de mí.
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