No
es justo malgastar todo el valor de una vida en un camino que acaba en
precipicio. Que si no ves bien de lejos, no puedes anticipar y coger una salida
alternativa.
No es justo, sobre todo, porque ese abismo, en realidad, puede no serlo. Puede ser solo un producto de mi mente agotada y apaleada. Puede ser producto de mi inseguridad aprendida, y de la que me viene de serie, también. Porque esas dos putas, a veces se alían y consiguen alejar las cosas más bonitas de mi vida.
En aquél momento me acojonaba pensar que iba a sentirme así siempre, que nunca iba a poder dormir sin sentir ese vacío. Que me había convertido en una causa sin solución y que eso que me faltaba nunca iba a aparecer. Que los días que no me salía ni llorar, la apatía iba a tomar el control total de mi vida.
Y ahora me acojona que esta incertidumbre vaya a durar siempre. Que la angustia se ha ido, y las ansiedades pasajeras han dejado de visitarme por las noches; pero en su lugar se ha asentado una emoción nueva, la pérdida. No quiero sentir esa pérdida. No quiero sentirla tan arraigada que parezca tan real como la vida. No quiero preguntarme cada noche, durante el resto de mi vida, si de verdad he escogido correctamente. Si lo que ha motivado mi deserción ha sido algo más que el miedo y la falta de fe. Si el poco valor que había reservado para ocasiones de emergencia, había sido bien empleado esta vez. Si de verdad había decidido yo libremente, sin ninguna ligadura o presión.
Supongo que el tiempo dirá, y que las ganas decidirán. Que la vida me ha dado mucho, que teóricamente, no podría quejarme, pero oye, que las cosas nunca son sencillas y yo necesito una dosis de realidad que me sacie, aunque sea ficticia, pero que yo no me de cuenta.
Y es que las derrotas y los fracasos nunca han sido lo mío. Yo me centré en superan obstáculos y en evitar trabas, y todo fue cuesta abajo al principio. Ni carrerilla necesitaba. Y ya sabéis que uno se acostumbra a lo bueno rápidamente, así que Imaginaos si además de bueno es fácil… Pues pasa lo que pasa, que cuando necesitas acero solo tienes plástico. Así que los errores me arrasaron y la vida pasó por encima de mi cabeza, pisándola y sin tener en cuenta los daños. Así que el traumatismo cráneo encefálico fue inevitable, al igual que la marca de mi cara en el barro. Y es que, qué difícil es mirar al cielo buscando futuros cuando te pesan toneladas los párpados y tú te empeñas en mantenerlos abiertos.
No es justo, sobre todo, porque ese abismo, en realidad, puede no serlo. Puede ser solo un producto de mi mente agotada y apaleada. Puede ser producto de mi inseguridad aprendida, y de la que me viene de serie, también. Porque esas dos putas, a veces se alían y consiguen alejar las cosas más bonitas de mi vida.
En aquél momento me acojonaba pensar que iba a sentirme así siempre, que nunca iba a poder dormir sin sentir ese vacío. Que me había convertido en una causa sin solución y que eso que me faltaba nunca iba a aparecer. Que los días que no me salía ni llorar, la apatía iba a tomar el control total de mi vida.
Y ahora me acojona que esta incertidumbre vaya a durar siempre. Que la angustia se ha ido, y las ansiedades pasajeras han dejado de visitarme por las noches; pero en su lugar se ha asentado una emoción nueva, la pérdida. No quiero sentir esa pérdida. No quiero sentirla tan arraigada que parezca tan real como la vida. No quiero preguntarme cada noche, durante el resto de mi vida, si de verdad he escogido correctamente. Si lo que ha motivado mi deserción ha sido algo más que el miedo y la falta de fe. Si el poco valor que había reservado para ocasiones de emergencia, había sido bien empleado esta vez. Si de verdad había decidido yo libremente, sin ninguna ligadura o presión.
Supongo que el tiempo dirá, y que las ganas decidirán. Que la vida me ha dado mucho, que teóricamente, no podría quejarme, pero oye, que las cosas nunca son sencillas y yo necesito una dosis de realidad que me sacie, aunque sea ficticia, pero que yo no me de cuenta.
Y es que las derrotas y los fracasos nunca han sido lo mío. Yo me centré en superan obstáculos y en evitar trabas, y todo fue cuesta abajo al principio. Ni carrerilla necesitaba. Y ya sabéis que uno se acostumbra a lo bueno rápidamente, así que Imaginaos si además de bueno es fácil… Pues pasa lo que pasa, que cuando necesitas acero solo tienes plástico. Así que los errores me arrasaron y la vida pasó por encima de mi cabeza, pisándola y sin tener en cuenta los daños. Así que el traumatismo cráneo encefálico fue inevitable, al igual que la marca de mi cara en el barro. Y es que, qué difícil es mirar al cielo buscando futuros cuando te pesan toneladas los párpados y tú te empeñas en mantenerlos abiertos.

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